sábado, 24 de octubre de 2009

Árbol antiutópico

“Todas las dudas jóvenes mueren en la decepción de la madurez”. Te miré como comprendiéndote, como adhiriendo con tu postura, como defraudada por tus palabras. Callé unos segundos y balbuceé luego algunas onomatopeyas sin sentido, esos sonidos demás que lastiman la armonía del fluir. Miré hacia la ventana y volví a abrir la boca, esta vez opté por cerrarla casi inmediatamente. Prendiste un cigarrillo y ondulándote las puntas del pelo me dijiste con los párpados soberbios “Se quejan de todo, absolutamente, sin fundamentos, algunos andan escupiendo que la crisis la paguen los capitalistas. Son todos socialistas los pibes. Sin la más mínima noción de nada generalizan situaciones y afirmaciones de cualquier tipo. Agarren a Marx ignorantes, pero aprenda a leer y dense cuenta de quién fue en verdad!!” Me reí irónicamente, pero no fue un gesto entendido como tal. Burgués de la nueva revolución que no es ni siquiera garantida. Sus manos se entendían distendidas, sin callos y bien limpias. Dueño de los medios de comunicación que acallan pensamientos, ideas y hambre. Que acalla pobreza, marginación y desigualdad. Sus pestañas producían vientos violentos, no de esos que ocasionan los huracanes o lo sucedido previamente a algunas lluvias, un viento humanamente violento, más hiriente. Alcé mi mirada hacia la violencia injustificable de la injustificable, recorté su diario y armé uno mejor, con algunas propagandas hice pajaritos y con otras barquitos. No acabarás con el otro lado, mientras haya desigualdad, ni toda la historia podrá llenarnos de la derecha “luz”. Ubicados en el centro bonaerense, si nos dirigimos por esa senda terminamos en el Atlántico, ahogados de lo que fuimos. “Tomo la otra ruta, y remando contra la corriente. Al oeste, por favor.”
Le llevé los pajaritos y los barquitos, al día siguiente, pero el edificio era muy alto y el ascensor, unipersonal, siempre ocupado. Me senté en la puerta y junto a mi, otro joven. Lo miré, me sonrío con los ojos y ví como sus pies se adherían a la vereda, sus brazos se alargaban y crecían hasta la ventana y de su pelo nacía el más bello y claro follaje. Creció aún más que el edificio gigante, y jamás le dio sombra.